Lecciones de pandemia: Tiempo compartido

noviembre 30, 2020

Somos frágiles. Esta pandemia lo ha demostrado. Incluso niños y jóvenes han muerto. También hemos visto que nuestro tiempo en esta tierra es limitado. Nuestros días están contados y hemos perdido el tiempo en cosas que no valen la pena, incluso en cosas buenos, pero cuando hay otras mejores. También vimos que somos llamados a alegrarnos y a hacer el bien mientras vivamos. Si no ha leído las dos lecciones anteriores, le invito a leerlas en algún momento.

Lección #1 – Tiempo ¿Quién soy?
Lección #2 – Tiempo perdido

¿Cómo es que podemos alegrarnos? El sabio Salomón, quien se denomina el Maestro en el libro de Eclesiastés, nos manda a alegrarnos y a hacer el bien mientras vivamos. Para esto, no necesitamos ser tan adinerados como lo fue él. Échele un vistazo a sus finanzas y luego a lo que le dedicó tanto tiempo este admirado y adinerado rey de Israel.

“Tanto en riquezas como en sabiduría, el rey Salomón sobrepasó a los demás reyes de la tierra. Todo el mundo procuraba visitarlo para oír la sabiduría que Dios le había dado, y año tras año le llevaban regalos: artículos de plata y de oro, vestidos, armas y perfumes, y caballos y mulas. Salomón multiplicó el número de sus carros de combate y sus caballos; llegó a tener mil cuatrocientos carros y doce mil caballos, los cuales mantenía en las caballerizas y también en su palacio en Jerusalén. El rey hizo que en Jerusalén la plata fuera tan común y corriente como las piedras, y el cedro tan abundante como las higueras de la llanura. Los caballos de Salomón eran importados de Egipto y de Coa, que era donde los mercaderes de la corte los compraban. En Egipto compraban carros por seiscientas monedas de plata, y caballos por ciento cincuenta, para luego vendérselos a todos los reyes hititas y sirios.” La Biblia en 1 de Reyes 10:23-29

“Realicé grandes obras: me construí casas, me planté viñedos, cultivé mis propios huertos y jardines, y en ellos planté toda clase de árboles frutales. También me construí aljibes para irrigar los muchos árboles que allí crecían. 7 Me hice de esclavos y esclavas; y tuve criados, y mucho más ganado vacuno y lanar que todos los que me precedieron en Jerusalén. 8 Amontoné oro y plata, y tesoros que fueron de reyes y provincias. Me hice de cantores y cantoras, y disfruté de los deleites de los hombres: ¡formé mi propio harén! 9 Me engrandecí en gran manera, más que todos los que me precedieron en Jerusalén; además, la sabiduría permanecía conmigo. 10 No les negué a mis ojos ningún deseo, ni privé a mi corazón de placer alguno. Mi corazón disfrutó de todos mis afanes. ¡Solo eso saqué de tanto afanarme! 11 Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida.” La Biblia en Eclesiastés 2:4-11

Esta es la vida teniéndolo todo, pero sin tener a Dios. Como se ha dicho: “Hay gente que lo único que tiene, es dinero”. Qué tan importante es el dinero, su escasez es sufrimiento y la abundancia del mismo, también trae sufrimiento, pero aún cuando lo trae, lo trae con comodidad. Pero la verdadera riqueza, no está en lo que tenemos, sino en las relaciones que mantenemos.

Vea esta breve historia que un día cree, para hacerle un punto a una audiencia la que tuvo la oportunidad de hablar en público. Se llama: Y la Señora Q.M. lo tuvo todo…

Ver las redes sociales hacía que cayera en una profunda depresión. Dormía mal y se despertaba siempre de madrugada para evitar el tráfico de las mañanas. Aunque verla caminar en el parqueo de su empresa y hacia la oficina, la hacía parecer exitosa por la ropa y la forma en que caminaba, se sentía una pordiosera. En cado paso que daba, le pesaban sus pies y todo a su alrededor lo veía como en cámara lenta.

El problema de la señora “Q.M.” no era su físico, no era su ingreso, no era la falta de un esposo, ni la presencia de sus tres hijos, su problema eran sus sueños. Si tan sólo pudiera ver hacia atrás y recordar el piso de tierra en el que de niña creció en aquel asentamiento. Si las memorias pudieran regresar a aquella mañana en que no había qué comer.

Hoy su casa de dos niveles y en un vecindario de lujo en comparación a aquel asentamiento de su infancia, olía a piso de tierra. Hoy la refrigeradora en la que debía ocasionalmente tirar cosas pues se vencían antes de poder utilizarlas, olía a hambre. ¡Qué tan fácil es olvidar las bendiciones cuando nos acostumbramos a ellas y lo damos por sentado!

Sus momentos más críticos eran a la hora del almuerzo y el tiempo antes de dormir. En esos momentos tomaba su celular. Su Facebook le presentaba “vidas perfectas” a su alrededor. Viajes a Europa, un nuevo carro y de mejor marca que el suyo, una vida feliz de parejas en selfies que no mostraban ningún problema como los que tenía con su esposo e hijos perfectos.

Esa noche deseó con todo su corazón nunca más trabajar, cocinar, ni hacer nada y a la vez, tenerlo todo. A la mañana siguiente ni su esposo, ni sus hijos, ni nada con vida, estaba en el mundo. Todos los seres humanos habían sido sustituidos por los suficientes robots para mantener la operación de sus necesidades, deseos y lujos.

La señora “QM” cayó de rodillas llorando como jamás lo había hecho y pensó en suicidarse. Tristemente en este nuevo mundo no existía la muerte, pero ya estaba muerta. La señora “Q.M”, de nombre “Quiero” y de apellido “Más” lo tuvo todo, pero no tuvo nada. «¡Tengan cuidado! –advirtió a la gente–. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.” Jesús en Lucas 12:1

¿Qué sería de su vida si lo tuviera todo, pero fuera el único habitante del planeta? Los bienes sí que son importantes, pero no determinantes para la felicidad. El que encuentra un amigo, encuentra un tesoro. El tesoro sin amigos, es comodidad en soledad. Y la soledad, mata.

La amistad es tan fuerte y tan poderosa que el mismo sabio Salomón en otro libro que escribió casi en su totalidad, el libro de Proverbios y el que le animo a leer, elevó la amistad a algo superior al vínculo de sangre de una familia. “Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano.” La Biblia en Proverbios 18:24

El mejor aroma de un hogar no es el de la comida antes de un buen tiempo con la familia y los amigos. El mejor aroma escuchar las historias y las carcajadas de todos. Es ver a todos reunidos alrededor de la mesa, recibir un fuerte apretón de manos, un abrazo en donde se siente el amor y un beso que dice, te aprecio. No fuimos creados para vivir en soledad, sino para vivir en comunidad. Nos necesitamos unos a otros.

Esa frase de: “Yo no me meto con nadie, que nadie se meta conmigo”, suena bien, pero no obra bien, si yo vivo en soledad y sólo para mí. La vida está en el compartir. Es cierto, Benito Juárez abogado y político mexicano lo dijo claramente: “El respeto al derecho ajeno es la paz”, pero en paz, vivamos en comunidad. Porque el aroma de la amistad, es el aroma de la felicidad. Y no basta con no lastimar, somos llamados a ayudar el necesitado. Siempre, la comunidad presente.

La frase de: “Yo no me meto con nadie, que nadie se meta conmigo”, suena bien, pero no obra bien, si yo vivo en soledad y sólo para mí. Clic para tuitear

El que vive para sí, termina siendo como el Mar Muerto en Israel, en donde recibe agua, pero no da nada. Cuando tenía 15 años, viajé con mis papás a Israel. Fue impresionante entrar a ese Mar Muerto, con un agua que podría describirla como más pesada y aceitosa. Al entrar en él, usted flota. Dijeron, cuidado con los ojos, que no les entre agua. Yo al salir, me eché un poco en el ojo, quería tener la experiencia completa y ardía horrible. Locuras de joven. Pero además de flotar en sus aguas, me impresionó que no existe vida en él. Recibe, pero no da.

No seamos como el Mar Muerto, que las amistades que escogemos y que son buena influencia para nuestras vidas – porque existen los buenos amigos pero que sacan lo peor de nosotros –, nos lleven a disfrutar de un tiempo compartido en esta tierra.

Porque las posesiones no abrazan, no besan, no aconsejan, no animan, no lloran ni ríen con uno. Pero un buen amigo, estará allí para nosotros siempre. Aunque sea en el acompañamiento del silencio, no estaremos solos. Es cierto, nos fallarán, pero para eso está el perdón, la reconciliación y la prudencia. Sólo Dios, no falla.

Las posesiones no abrazan, no besan, no aconsejan, no animan, no lloran ni ríen con uno. Pero un buen amigo, estará allí para nosotros siempre. Clic para tuitear

Por eso Salomón nos aconseja: “Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba…” La Biblia en Eclesiastés 3:12 y 13ª

Comer y beber, no es algo que se hacía en la soledad sino siempre en comunidad. Y alrededor de la mesa, cosas especiales pasaban. Regresemos a la mesa, regresemos a la amistad genuina y verdadera, porque cuando se está en cuarentena, verdaderamente se valora lo que más importa. Es encerrados en nuestra casa, lejos de quienes amamos, en que recordamos y extrañamos el verdadero valor de los amigos. Alégrese, coma y beba con los suyas. Una llamada o un mensaje de texto, es el que enciende esa comunión.

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