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“Tengo ganas de morirme, me quiero quitar la vida.” Esas fueron las palabras de este amigo.

La vida es dura. Es la vida producto de la desobediencia del ser humano – Adán y Eva –. En un Jardín, en donde sí trabajaban y cuidaban del mismo, decidieron confiar en la promesa de la serpiente – Satanás – y rebelarse ante la voluntad de Dios. El pecado entró, la muerte entró y hoy pecador engendra a pecador. Su primogénito Caín, por celos, asesinó a Abel.

La vida es dura. Jesús jamás prometió una vida suave para sus discípulos. Es más, dijo: “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.” La Biblia en Juan 16:33

Aflicciones. ¡Y en plural! Son muchas. Todos enfrentamos aflicciones que vienen de afuera. No nacen en nosotros, pero nos golpean como un tren bala doscientos cincuenta kilómetros por hora. El dolor y el trauma, son inevitables. ¿Qué hacer con ellos?

Aflicciones. Todos enfrentamos aflicciones que vienen de adentro. Estas son en donde el tren bala que nos golpea son nuestras propias malas decisiones. Todo lo que yo defino como bueno, que Dios define como malo, es un tren bala que me hará pedazos. ¿Qué hacer con estos pecados y sus consecuencias?

No importa si la aflicción viene de afuera o de adentro, sólo existe un verdadero camino para encontrar la verdadera razón de por qué vivir. Jesús es esa razón. El pecado de afuera o el pecado de adentro es muerte. Mata la relación con Dios, mata la relación con otros, mata físicamente a otros, mata la paz, el pecado trae muerte. Y la muerte es la tragedia más grande del ser humano. Dejar de existir. Pecar es abrazar la muerte.

Pero es en Jesús en donde encontramos vida. Clavado en la cruz exclamó: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús venía a sanar y a salvar lo que se había perdido. Jesús era el médico en busca de los enfermos. Lo perdido y enfermo no eran sólo los soldados que lo clavaron en la cruz, también eran sus discípulos.

Jesús soportó todo porque era su misión, morir por nuestros pecados. Su sufrimiento fue tolerado, porque veía el gozo de su muerte. Reconciliar a todo pecador con Dios. Perdonamos porque él perdonó. Perdonamos porque, aunque Jesús es el abogado, regresará por segunda vez como juez. Perdonamos porque en él encontramos lo que jamás merecíamos, perdón de pecados. Y por eso damos de gracia lo que hemos recibido.

En Jesús encontramos perdón de pecados y esperanza eterna. No importa el sufrimiento terrenal o incluso la muerte, nos espera un cielo y una nueva tierra. Aún la muerte, lo más terrible de la humanidad, no es un punto y final en Dios. Es un punto y seguido… Jesús murió, pero resucitó y resucitaremos con él a una nueva vida en un cuerpo celestial que no siente ni vive como el nuestro.

¿Busca algo por qué vivir? Todo lo que pueda definir como su propósito por el cual vivir, es incierto, temporal y no llenará plenamente. Sólo Jesús es permanente. A pesar de que vivamos la mejor vida en esta tierra moralmente, económicamente, relacionalmente y cuanta cosa buena más que podemos hacer, sólo Jesús permanece y llena el vacío que todo ser humano tiene. Un vacío, que muchas veces le llamamos tristeza, porque ver el mundo sin él, es verlo en tonos grises. Con él es verlo a colores eternamente. Jesús es el camino al Padre Dios, es la verdad y es la vida. Quien lo encuentra podrá llorar, pero con esperanza terrenal y aunque la respuesta no llegue, tendrá esperanza eterna.

“Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien, por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo.” Hebreos 12:1-3

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En el Jardín del Edén, Adán y Eva, no reconocieron, sino que, le echaron la culpa a alguien más por su pecado. Esto sigue ocurriendo y muchas veces en nuestra vida.

Estas fueron las palabras de Adán y Eva cuando Dios los confrontó por haber comido del fruto prohibido: “Cuando el día comenzó a refrescar, el hombre y la mujer oyeron que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse entre los árboles, para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le dijo: —¿Dónde estás? El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí. —¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? —le preguntó Dios—. ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? Él respondió: —La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí. Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: —¿Qué es lo que has hecho? —La serpiente me engañó, y comí —contestó ella.” La Biblia en Génesis 3:8-13

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Adán no lo hace. Al contrario, como que desea culpar a Dios cuando responde: “La mujer que me diste por compañera me dio ese fruto, y yo lo comí”. En otras palabras, si no me la hubieras dado por compañera, todo estuviera bien. Adán está diciendo: “La culpa no es mía, es tuya y de ella”. Este actuar es nuestra tendencia natural, defendernos ante un pecado, culpar a otros y no aceptarlo.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Eva tampoco lo hace. Dios le pregunta ¿Qué es lo que has hecho? Y ella responde: “La serpiente me engañó, y comí”. En otras palabras, fui engañada, no tengo responsabilidad en este asunto, la culpa es de la serpiente. Adán culpa a Dios, Eva culpa a la serpiente de haber sido engañada.

Pero esta fue la verdadera historia con Eva: “Pero la serpiente le dijo a la mujer: —¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio a su esposo, y también él comió.” Génesis 3:4-6

Eva no fue engañada, supo la verdad todo el tiempo de las consecuencias de su pecado. Además, vio que el fruto era bueno para comer, de buen aspecto y deseable para adquirir sabiduría. Que fue engañada, es un gran invento. Es culpar a otro, es abdicar su responsabilidad de su propio mal actuar.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Pero, a la vez, ¡Qué liberador hacerlo! No nos engañemos. Excusar nuestro pecado – y que todos lo hemos hecho no una, sino muchas veces – es el camino a la muerte. No reconocer nuestro pecado, minimizarlo, excusarlo, culpar a otros, decir que no fue tan malo, nos lleva al engaña y a la muerte. Pero reconocerlo y correr a Jesús en arrepentimiento, es vida y vida en abundancia.

Quiero invitarlo a hacer un ejercicio que puede impactarle negativamente para bien. Este consiste en preguntarse ¿Estoy practicando alguno o algunos pecados? Escriba lo que está practicando y luego, póngale el nombre a su pecado. Por ejemplo, si usted ha dicho ciertas mentiras, no diga estoy cometiendo el pecado de la mentira, diga mi pecado es ser mentiroso. En otras palabras, usted practica la mentira, lo que lo hace mentiroso. Esa palabra duele, decir que practica la mentira, a veces, no duele tanto.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Pero, a la vez, ¡Qué liberador hacerlo! No nos engañemos. No reconocer nuestro pecado, minimizarlo, excusarlo, culpar a otros o decir que no fue tan malo, nos lleva a la muerte. Clic para tuitear

Póngale nombre a su pecado y descríbase con nombre sobre lo que usted puede llamarse, al pecar de esa manera. No eche culpas, no se excuse, arrepiéntase de sus pecados, confiéselos, apártese y viva para Dios. Porque sólo en sus caminos hay vida, protección, paz y salud al cuerpo.

“Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.” 1 de Juan 2:1 y 2

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Dar gracias a Dios por los regalos inesperados es más fácil, que por los que no llegan o nunca llegarán. Pero la actitud de gratitud hacia a Dios, debe acompañarnos siempre.

De sus manos y con una sonrisa, recibimos un regalo para nuestra familia en una caja roja. Sus palabras fueron, es un regalo para ustedes, no cuenten nada sobre de dónde vino.

El regalo estaba envuelto en una caja de manera elegante. Debíamos abrirlo en familia y mi hijo andaba en un compromiso. Al siguiente día, temprano en la mañana, antes de ir a la iglesia, nos reunimos y lo abrimos. Había un sobre que decía: “Leer esto primero”.

La carta decía: “Querida familia López García. Otro año de retos (sudor), bonitos recuerdos (sonrisas), dificultades (lágrimas), y muchas bendiciones (gracia) ¡de nuestro Señor! En medio de todo Dios sigue un buen Padre, porque El es amor incondicional, siempre fiel… ¡Nuestro Todo! Queremos compartir una bendición con cada uno de ustedes. No porque seamos ricos, no porque queramos llamar la atención. Dios es nuestro ejemplo y nos mandó el regalo más bello y precioso a este mundo, se llama Jesús. Por eso celebramos y la verdad, solamente por Jesús, desde hace años conocimos a su familia. Sólo por Jesús podemos compartir una bendición con ustedes. El regalo viene directo de las manos de Dios, como él nos regalo a su Hijo. “Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras.” Santiago 1:17 Recíbanlo de lo alto, nuestro Padre celestial, nuestro único proveedor y denle toda la gloria. Testifiquen de Dios solamente. Úsenlo como cada uno desee y disfrútenlo. Que la paz de esta celebración esté en su hogar en estas fechas y en el año que comienza. ¡Feliz Navidad! Con mucho amor…”.

Cuando busqué la carta para incluirla en esta publicación, ya no estaba dentro de la caja. Pregunté a mi familia y mi hija menor, la había guardado. En sus palabras: “Con mucho cuidado”. El regalo fue importante para todos, pues nos quedamos en silencio al ver un sobre con nombre para cada uno de los seis. Pero la carta, fue superior. Tanto así, que Darly la había guardado entre sus tesoros más preciados.

Recibimos como familia un regalo inesperado por qué dar gracias a Dios. Pero no siempre damos gracias por lo que recibimos, porque en ocasiones no se recibe nada. Esta mujer respondió al correo con una de mis publicaciones y en él decía: “Estoy pasando momentos difíciles, me siento sola y no estoy sola, sé que Dios está aquí, pero me siento abandonada. Tengo 10 meses sin trabajo, y no es por falta de buscar, hago todos los días mi parte. Hoy mi corazón se siente abatido. Sé que Dios proveerá, pero hoy siento aflicción, siento cansancio, siento dolor de espalda, siento que las fuerzas se me van que ya no hay en mí”.

Dar gracias en las buenas, es como bicicletear en bajada. Dar gracias en las malas, eso es otra historia. Y a eso somos llamados. A dar gracias a Dios siempre. Porque, aunque no tengamos carro, vamos en transporte público. Aunque no tengamos para el transporte público, vamos a pie. Aunque no tengamos piernas le tenemos a él. Jesús, nuestra esperanza para aquí y para la eternidad.

A Dios le adoramos por quien El es. Damos gracias por las bendiciones y hasta por las pruebas. Porque Él es nuestra riqueza eterna. Quien nos da más que un hombro para llorar, una familia espiritual con la cual avanzar. En las buenas o en las malas adore. Adore al que vive y reina. Adore al que vino, vivió, nunca pecó, murió para redimirlo de sus pecados y prometió que regresaría por nosotros para llevarnos al cielo.

Termino recordándole aquel canto que cantaba cuando era niño y que nos recuerda la importancia de adorar a Dios siempre y de darle gracias a Dios siempre: “Yo le alabo de Corazón, yo le alabo con mi voz. Yo le alabo de Corazón, yo le alabo con mi voz. Y si me falta la voz, yo le alabo con las manos, y si me faltan las manos, yo le alabo con los pies, y si me faltan los pies, yo le alabo con el alma, y si me faltara el alma, es que ya me fui con El.”

“¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! Den gracias al Señor, porque él es bueno; su gran amor perdura para siempre.” La Biblia en el Salmo 106:1

“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.” Filipenses 4:6

“Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús.” 1 de Tesalonicenses 5:16-18

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Hay preguntas que no debemos hacernos, porque sólo llevan a la desesperanza.

Anoche mientras cenábamos, salió el tema de los recuerdos. Cenábamos diez a la mesa. No sólo mi familia, sino una pareja amigos de hace más de tres décadas y sus hijos.

El papá contaba cómo recordaba una memoria tan vívida, que cada vez que pensaba en ella, se veía y sentía de niño en su casa, acostado, tomando pacha – biberón – y viendo la serie de los Tres Chiflados en la tele. Mientras lo contaba, sus ojos se humedecían más de lo normal. Los recuerdos mueven el alma.

Uno a uno comenzamos a contar historias. Algunos de viajes, otros de las experiencias compartidas con sus abuelitos, como cuando la abuelita de esta niña, le servía café en una mini taza que había hecho y juntas jugaban al respecto.

Sin lugar a dudas hay recuerdos tan especiales de nuestra niñez y del ayer. Pero los recuerdos presentan un riesgo. El sabio Salomón – el multimillonario tercer rey de Israel – lo sabía bien cuando escribió el libro de Eclesiastés. Un libro que toda persona debe leer para entender la vida sin Dios y la vida con Dios a pesar que por lo mismo pasamos todos en esta vida y cuál debe ser nuestra respuesta ante el Creador a pesar que en la vida: “Todo es correr tras el viento”. Su cierre al discurso dado, es maravilloso.


Salomón dijo: “Nunca preguntes por qué todo tiempo pasado fue mejor. No es de sabios hacer tales preguntas.” La Biblia en Eclesiastés 7:10

El sabio sí que tiene destreza para vivir. Pero esa destreza comienza con el reconocimiento que el principio de la sabiduría es el temor de Dios. Reconocer su existencia, su grandeza y majestad y honrarlo en base a ello. Lo contrario al sabio es el necio, el tonto o el ignorante. El sabio nunca se pregunta por qué todo tiempo pasado fue mejor, pero el necio sí y sufre las consecuencias.

¿Por qué Salomón nos anima como sabios a no preguntarnos por qué todo tiempo pasado fue mejor? El pasado tiene su lugar, especialmente cuando aprendemos de lo bueno y por qué ocurrió, para replicarlo. O aprendemos de lo malo, para evitarlo y así, honrar a Dios. Pero esta pregunta es para necios, porque declara el ayer como lo mejor. Y cuando ayer fue lo mejor, hoy es lo peor. La esperanza ha muerto. Y sin esperanza, no hay futuro.

Recuerde lo bueno del ayer, pero no declaré ni que será lo mejor que pudo haber vivido. Aunque nunca vuelva a vivirlo, mantenga sus ojos delante. Dios es la esperanza. Fue la esperanza de Adán y Eva en medio de su vergüenza, culpabilidad y desnudez. Aunque los expulsó del Jardín del Edén por su pecado, cubrió su vergüenza y desnudez con pieles de animales. Vemos aquí la gracia de Dios a pesar de la rebelión de los primeros seres humanos ante su voluntad.

La esperanza de Dios siempre es a futuro. La esperanza es salvación. Perdón y nueva vida hoy. Y esperanza eterna con él.

Ya sea que recuerde al ser querido que partió o momentos especiales del ayer, que el ayer sea un recuerdo que haga que broten lágrimas, pero que esas lágrimas no declaren que lo pasado era mejor. El futuro de esperanza es un cielo y una tierra nueva cuando viviremos con Dios. E incluso, volveremos a ver a aquellos que han muerto en unión con Cristo.

La esperanza siempre es a futuro y en Dios quien nunca falla. No ponga su mirada en el ayer, porque se tirará al abandono. Hay preguntas que no debemos hacernos, porque sólo llevan a la desesperanza. Las que sí, llevan a la reflexión, al aprendizaje, a la acción y a honrar a Dios.

La esperanza siempre es a futuro y en Dios quien nunca falla. No ponga su mirada en el ayer, porque se tirará al abandono. Hay preguntas que no debemos hacernos, porque sólo llevan a la desesperanza. Las que sí, llevan a la acción. Clic para tuitear

“Así dice el Señor: «Cuando a Babilonia se le hayan cumplido los setenta años, yo los visitaré; y haré honor a mi promesa en favor de ustedes, y los haré volver a este lugar. Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme, y yo los escucharé.” Jeremías 29:10-12

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La vida es incierta. No existe certeza de qué vendrá. Cuando lo que esperamos se cumple ¡Qué felicidad! Pero cuando no, ¡Qué decepción! El color gris de la incertidumbre nos invade a todos. Y los días grises son más pesados y duros… ¿Qué podemos hacer?

Recuerdo a mis 19 años de edad, allá los primeros días de julio de 1996. Exactamente después de un congreso para jóvenes llamado Explosión Juvenil y que hoy es Explo Music Fest, estar de madrugada siendo preparado por las enfermeras para una cirugía. Mi mamá se quedó esa noche en el hospital – Dios bendiga su corazón de amor hacia mí, nunca estuve solo –.

Incertidumbre… Cuántos no han entrado a una operación y se han quedado con la anestesia. Otros que entraron y nunca despertaron, incertidumbre. Si se sale de la operación, a esperar el resultado de Patología para ver qué tipo de tumor es, incertidumbre. Cuando se sabe que tipo de tumor es, ¿Qué viene ahora? Quimioterapia, Radioterapia… Incertidumbre.

Cuando se comienzan los ciclos de Quimioterapia, ¿Cuántos serán?, ¿Cómo reaccionaré a esos medicamentos que son un veneno para matar a las células malas y a la vez las buenas?, ¿Valdrá la pena el esfuerzo y sufrimiento para después morir si no funciona? O ¿Será mejor no aplicar la quimioterapia y mejor irse de viaje y disfrutar los últimos días de la vida? Incertidumbre…

Algo incierto es algo desconocido. No conocemos con certeza la probabilidad de que algo ocurra. En otras publicaciones les compartiré más sobre lo que es estar enfermo y lo que ocurre en nuestra mente. Ante la enfermedad sólo existen dos caminos, la vida y sanidad o la enfermedad y muerte. Es duro no tener certeza de lo que uno quiere. Saber que lo que viene es bueno, da paz. Pero la incertidumbre es todo lo contrario. Nos deja en el limbo de la alternativa que viene. Dios decidió esa vez que siguiera aquí. Sólo él sabe cuándo me toca.

¿Qué es lo incierto en su vida en este momento?, ¿Qué cosas le preocupan sobre el mañana de lo que no hay certeza?, ¿Qué lo tiene hoy afectado por causa del desconocimiento de la probabilidad futura?

Permítame recordarle, Dios provee. Permítame recordarle, Dios salva en Jesús y nuestra eternidad está asegurada. Permítame recordarle, eternamente todo estará bien. Y aunque en esta vida llegáramos a sufrir hasta el punto de la muerte, incluso en plena flor de la vida, Dios sabe todo, más y mejor. Aún con lágrimas en los ojos, pero siempre con la mirada en el cielo, eso grita ¡victoria!

“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4:6 y 7

Nuestro modo natural ante la incertidumbre es crear escenarios futuros sobre escenarios futuros que nos afligen más y más, que nos inquietan mentalmente, físicamente y anímicamente. Cuando estemos en ese punto, oremos, roguemos, presentemos nuestras peticiones a Dios y demos gracias. Y esa paz que no se entiende y que sólo puede venir cuidará nuestras emociones y pensamientos.

En el color gris de la incertidumbre ore. Porque todo el espectro maravilloso de la paleta de colores de esta tierra, en nada se comparará a lo que veremos en la gloria futura que no espera eternamente. Un cielo y una nueva tierra en donde gobierna Dios con sus justicia y amor.

En el color gris de la incertidumbre, tenemos la certeza que Dios siempre seguirá sentado en su trono y al será la gloria por quien es, siempre. Aún la muerte, lo peor en esta tierra, en Dios es vida. Y como dijo la mamá de un amigo en medio de su lecho de muerte: “Hijo, para vivir, hay que morir”. Tenemos la certeza en Jesús que ¡Resucitaremos!

Ante la incertidumbre oremos y que nuestros pensamientos por el mañana descansen en Dios y su paz inunde nuestros corazones y mentes.

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