Archives For Jardín del Edén

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En el Jardín del Edén, Adán y Eva, no reconocieron, sino que, le echaron la culpa a alguien más por su pecado. Esto sigue ocurriendo y muchas veces en nuestra vida.

Estas fueron las palabras de Adán y Eva cuando Dios los confrontó por haber comido del fruto prohibido: “Cuando el día comenzó a refrescar, el hombre y la mujer oyeron que Dios el Señor andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse entre los árboles, para que Dios no los viera. Pero Dios el Señor llamó al hombre y le dijo: —¿Dónde estás? El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí. —¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? —le preguntó Dios—. ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? Él respondió: —La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí. Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: —¿Qué es lo que has hecho? —La serpiente me engañó, y comí —contestó ella.” La Biblia en Génesis 3:8-13

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Adán no lo hace. Al contrario, como que desea culpar a Dios cuando responde: “La mujer que me diste por compañera me dio ese fruto, y yo lo comí”. En otras palabras, si no me la hubieras dado por compañera, todo estuviera bien. Adán está diciendo: “La culpa no es mía, es tuya y de ella”. Este actuar es nuestra tendencia natural, defendernos ante un pecado, culpar a otros y no aceptarlo.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Eva tampoco lo hace. Dios le pregunta ¿Qué es lo que has hecho? Y ella responde: “La serpiente me engañó, y comí”. En otras palabras, fui engañada, no tengo responsabilidad en este asunto, la culpa es de la serpiente. Adán culpa a Dios, Eva culpa a la serpiente de haber sido engañada.

Pero esta fue la verdadera historia con Eva: “Pero la serpiente le dijo a la mujer: —¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio a su esposo, y también él comió.” Génesis 3:4-6

Eva no fue engañada, supo la verdad todo el tiempo de las consecuencias de su pecado. Además, vio que el fruto era bueno para comer, de buen aspecto y deseable para adquirir sabiduría. Que fue engañada, es un gran invento. Es culpar a otro, es abdicar su responsabilidad de su propio mal actuar.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Pero, a la vez, ¡Qué liberador hacerlo! No nos engañemos. Excusar nuestro pecado – y que todos lo hemos hecho no una, sino muchas veces – es el camino a la muerte. No reconocer nuestro pecado, minimizarlo, excusarlo, culpar a otros, decir que no fue tan malo, nos lleva al engaña y a la muerte. Pero reconocerlo y correr a Jesús en arrepentimiento, es vida y vida en abundancia.

Quiero invitarlo a hacer un ejercicio que puede impactarle negativamente para bien. Este consiste en preguntarse ¿Estoy practicando alguno o algunos pecados? Escriba lo que está practicando y luego, póngale el nombre a su pecado. Por ejemplo, si usted ha dicho ciertas mentiras, no diga estoy cometiendo el pecado de la mentira, diga mi pecado es ser mentiroso. En otras palabras, usted practica la mentira, lo que lo hace mentiroso. Esa palabra duele, decir que practica la mentira, a veces, no duele tanto.

¡Qué difícil es reconocer nuestra culpa! Pero, a la vez, ¡Qué liberador hacerlo! No nos engañemos. No reconocer nuestro pecado, minimizarlo, excusarlo, culpar a otros o decir que no fue tan malo, nos lleva a la muerte. Clic para tuitear

Póngale nombre a su pecado y descríbase con nombre sobre lo que usted puede llamarse, al pecar de esa manera. No eche culpas, no se excuse, arrepiéntase de sus pecados, confiéselos, apártese y viva para Dios. Porque sólo en sus caminos hay vida, protección, paz y salud al cuerpo.

“Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los de todo el mundo.” 1 de Juan 2:1 y 2

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