Cuando dejamos de emocionarnos

julio 8, 2011

Ayer mi hermano Jorge – el mayor de los tres – me mostró un video de su hija Natalia que tiene dos años. La expresión en su rostro era de una realización inexplicable. ¿Por qué estaba tan emocionada? A pesar de ser una chiquitilla bien activa, que corre, sube y se resbala en los juegos que encontramos en la mayoría de restaurantes en Guatemala, hasta ayer aprendió a saltar. Estaba muy emocionada y el video transmitía esa realización. Cada vez que lograba saltar y alejarse unos cuantos centímetros del suelo, su rostro se iluminaba. Si se caía, se volvía a levantar y volvía a saltar.

¿Hace cuánto no se emociona por algo en su vida? No me refiero a la emoción porque el Real Madrid le ganó al Barsa o viceversa. No me refiero a emocionarse por lo que pasa fuera de usted, sino a emocionarse por lo que pasa dentro de usted, en su cabeza, en sus pensamientos. Porque cuando dejamos de emocionarnos nos entregamos a la pasividad y a la insensibilidad, llega la tristeza y hasta la depresión.

¿Hace cuánto no se emociona porque visitará a un amigo?
¿Por qué irá a trabajar?
¿Por qué irá a la iglesia?
¿Por qué preparará el estudio de la célula?
¿Por celebrará el cumpleaños de un amigo?
¿Porque comienza o termina cualquier desafío?
¿Porque amaneció con vida?
¿Porque está enfermo pero tiene quien lo visite y lo cuide?

El que deja de emocionarse cada momento por su vida, deja de vivir y sólo se dedica a subsistir. Cuando dejamos de emocionarnos es porque dejamos de disfrutar el momento, porque en lugar de pensar en el momento presente, nos dedicamos a pensar en el ayer o en el mañana y dejamos de valorar el hoy.

La responsabilidad de emocionarnos por la vida, es de la persona que vemos todas las mañanas frente al espejo y de nadie más. Es dentro de nosotros en donde se produce la emoción. Porque todo estímulo externo que nos emociona, sea cual sea, tiene una duración tan larga como el de un fósforo encendido.

Mi sobrina saltó y disfrutó su logro. No sólo disfrute todos sus logros. Practique el contentamiento. El hecho de estar feliz y agradecido por la situación económica y de vida que hoy tiene, mientras se esfuerza por la que quiere.

Emociónese y contagie su emoción a otros por vivir el regalo de la vida que Dios nos ha dado, mientras nos conducimos dentro de sus mandamientos que no existen para evitarnos vivir, sino para evitarnos sufrir.

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